"Villacañas. Lugares, Museos, Historia", cita ineludible para los villacañeros el próximo domingo

Teresa Aparicio, con sus historias de la historia, una vez más, nos desvelará con sencilla sabiduría las claves de lo que fuimos, el por qué de lo que somos, y, tal vez, el mañana que vendrá. La cita, a las 11:00 horas en la Plaza de España

Villacañas Digital | S.Gallego - Villacañas 25/04/2013

El próximo domingo, a partir de las 11:00 horas, todos aquellos villacañeros, como los que no lo son, están convocados a una ruta turística denominada "Villacañas. Lugares, Museos, Historia", y que me da la impresión que esta  cita es una gran desconocida, principalmente, para los de casa, aun siendo uno de los principales activos culturales con los que contamos en la actualidad.

Por qué uno se atreve a decir esto, porque si no se equivoca quien esto escribe, a una de las últimas realizadas, a la que asistió, a principios de febrero, apenas éramos una docena de personas con igualdad de lugareños como de forasteros.

Y es una pena que, a cita semejante, no haya una mayor atención y presencia de villacañeros por lo que les corresponde. Y sobre todo, porque de  animarse a asistir, se toparían de bruces con una monumental sorpresa, nunca mejor dicho, pues conocerían  de primera mano, a través de un ameno paseo matinal, la historia de unos rincones y lugares que,  pese a lo que pueda pensarse, aún están muy vivos en nuestras historias cotidianas, esas historias que han forjado la historia de los días que nos contemplan, siendo parte ineludible del camino, más o menos largo, que los presentes vayamos trazando el día de mañana. Y sobre todo, sobre todo, reiterar,  porque esa historia es desconocida por la gran mayoría.

Como se indica en el anuncio de la cita del Ayuntamiento, iremos a una visita guiada por el conjunto museístico e histórico de la localidad, para conocer tanto el atractivo de los museos municipales del Silo y de la Tía Sandalia, como la historia de la Villa y sus singularidades, en una propuesta dirigida tanto a visitantes foráneos como a los propios vecinos de Villacañas. A través de un tranquilo recorrido por nuestras calles visitando los rincones que han hecho posible nuestra historia.

Pero  si esto puede resultar más interesante de lo que pudiera ser en sí mismo, y les aseguro que así será en mayor medida de lo que ustedes puedan estar pensando, se añade un ingrediente capital a la hora de encontrar el vehículo que nos trastoque lo simple, ceñido a algo que pudiera no ser más que un cubrir el expediente, un hacer con desgana. En algo, o a través de alguien, para ser más precisos,  que nos transmitirá el mensaje con un ingrediente  definitivo e ineludible, encerrado en la pasión por informar, por comunicar y por apasionar por todo lo que nos rodea durante el trayecto, que en unas dos horas y media, o en algo más, se desarrolla la ruta.

Y es que toda ruta semejante no se entiende si no se ve acompañada de  una figura cardinal para que lo corriente deje de serlo y podamos contemplarlo desde el punto de vista más atractivo. En este caso, ese papel lo juega Teresa Aparicio,  quien metida de lleno en su guión de guía, sabe muñir a la perfección su tarea y cometido consiguiendo que el ayer pueda ser el hoy mismo. Con las herramientas de la sencillez y el empeño con el que cincela su mensaje comunicador, nos hace recorrer  un tramo de la historia de nuestro municipio que encuentra su origen en la prehistoria, pasa por los pueblos celtibéricos asentados en la zona, la invasión árabe, para seguir por  la reconquista, donde encuentra su origen la villa de la mano de la Orden de San Juan, en el primer tercio del siglo XIII.

Su andadura, porque es suya, de Teresa Aparicio, cuenta su origen, tras el breve paso del tiempo que trazan los escasos pasos que allí nos llevan,  desde la Plaza de España por la calle de San Roque, girando después por la calle Veracruz, entiéndase como cruz verdadera pese a las dudas que la lógica impone y la propia Teresa nos transmite, y llegando a esa encrucijada tan histórica que nos deja ver el espacio ensanchado donde confluyen las calles Santísimo, Benito Pérez Galdós y Donantes de Sangre.  En todo ello, nos trasmite Teresa Aparicio la quintaesencia del paso de los tiempos, el cogollo de una vida entera y verdadera donde cambian los personajes pero no las actitudes, los modos invariables del ser, el estar y el pensar.

Un espacio trino, donde al detenernos, y dando un giro sobre nosotros mismos, se ven vestigios de la grandeza del municipio, donde relucen ciertos apellidos ilustres e imborrables en la historia local por los siglos de los siglos. La piedra tallada de los escudos nobiliarios así nos lo indica, y así, Teresa Aparicio nos lo hacer sentir, porque allí, en una confluencia de tres calles, donde para el lego no se dejan entrever más que unas  calles asfaltadas al uso manchego, o no manchego, que todo se uniforma, como moneda corriente de los tiempos actuales, los que allí estamos, mucho más legos aún, nos trastocamos en conocedores de un lugar que rezuma ese espeso aire que impone la sangre divina, en definitiva el poder terrenal y celestial de unos tiempos donde la fe y el ducado o maravedí, o dígase peseta, quién sabe, dominaban y dominan con tirana probidad, pese a su contrasentido,  este tránsito por el valle de lágrimas en busca de la vida eterna.

Con el peso de la alcurnia a cuestas, tras breves fintas de arquitectura desordenada desembocamos en la memoria de otra excelsa fe, pero con ropaje mundano: Don Pepito y sus escuelas. Hoy allí poco queda, si no fuera por el recuerdo de otra de esas pasiones que dignifican al ser humano. Las escuelas de Pepito, para siempre, escribieron unas de las páginas más indelebles de la historia de Villacañas. La sabiduría, la cultura, el saber por el saber, por desmarcarnos de lo básico, primario, que nos trae al mundo. Un empeño, un esfuerzo constante y una pasión tal vez no correspondida en tiempos actuales. Qué plaza podría dignificar tal memoria. Pese a que su empeño por su actual nombre, Víctimas del Terrorismo, intenta reconstruirla, siempre quedará a la sombra de las otrora escuelas devenidas en universales y de su principal protagonista.

Giro a la historia y al tiempo para pocos metros más allá, parada y fonda en San Roque. Apropiada ermita para unos viajeros que sin pretender usurpar la dignidad del peregrino, llegan a sentirse un semejante entre su cruce de caminos, y entre sus muros de historias sinnúmero, de familias y familiares asentados en las cunetas del tiempo y en los usos y costumbres de otras épocas. Si entonces el Santo  Patrón no devino en polvoriento caminante, nos dirá adiós, hasta la próxima, y si sí, allí nos dejó su morada para saber que si casas comunes existen, ahí se encierra una universal y eterna.

 Calle de la Virgen, doblamos por el Pozo del Amor, donde la historia se hace cuento y donde las ciencias y las letras dejan a unos y a otros con lecturas diferentes. Como hijos de cada cual, cada uno elige la que más le convence. Tal vez la edad en ese instante juegue un fundamental papel y la razón y el corazón decanten su sino. Teresa Aparicio lo expone y cada uno, hijos de nuestras desdichas, con  o sin la ayuda de Dios, dispone su conveniencia.

Giro a la derecha para adentrarnos en la calle de lo que para uno siempre fue el más allá, Madrid. Y para muchos, de los que cada día más van quedando en los pliegues de nuestra memoria, si nos remontamos a los años 50, 60 y 70  del pasado siglo, fue esa fábrica de no parar de crear a esa figura que hoy denominamos como ausente, hoy sí eufemismo actual del emigrante de otrora. Huyendo de la nada para encontrar algo, aunque sólo fuese un estómago lleno y agradecido, un plato caliente y un porvenir.

Al pelo viene y descanso y refrigerio, todo en uno. En una tasca esquinada, con letrina de otras épocas. Para que luego digan que en Villacañas no se preserva la historia…

Con el solaz adquirido, esperan dos platos fuertes para cerrar nuestra singladura. Salto de la Liebre y nos metemos en la época de abuelas, en celemines agolpados, en baños ecológicos, en el pulso de la vida que fue Villacañas no hace muchos años atrás, sin agua corriente y soga en la rueda del pozo, con plomos fundidos. Los silos, esas moradas tan desconocidas para los forasteros. Tanto, tanto, que parecen extranjeros venidos de otras tierras. Qué mal vendimos lo poco que tuvimos.

Salimos danzando por las escaleras infinitas e hicimos un corte de mangas a nuestro auténtico patrimonio. Parte de la genética de los villacañeros aún se encierra en los cientos de silos sepultados. Hoteles de lujos venidos a testimonio y a un recuerdo pertinaz para quien esto escribe: alacranes, añil y zotal, en tiempos de solvencia. Y también abuelas que se fueron apeando de los vagones del tiempo. E historias de amores que cavaron sin denuedo su primer lugar de reposo.

Uno está en territorio propio, se siente en casa y, tal vez, la insensatez nos hace denostar lo que tuvimos o tenemos, porque los tiempos giran y giran en el tiovivo de la historia de bucle insondable. Recuerdos de una memoria apergaminada, de radios, de candiles, y de senderos de barros infinitos y malas hierbas: aroma y sabor a pueblo. ¡Quién se lo iba a decir a uno! ¡Si quien me dio la luz levantara la cabeza!

Descenso pronunciado para arribar a nuestro último puerto. Teresa Aparicio cambia por completo su semblante, porque entramos en la morada de su extremada pasión. Entonces, escuelas de Quiñones, hoy Museo de la Tía Sandalia. Es difícil, si no se quiere ir más allá, entender tan desmedida pasión de nuestra maestra guía. Aún hoy no mucha gente entiende lo que allí se encierra.

La mayoría se queda en lo superficial y no ve al otro lado del cristal. Y así seguirá siendo por mucho que Teresa Aparicio propale a los cuatro vientos el vestigio artístico de los más significativos, si es que alguno quedó, del pasado siglo villacañero. El símbolo se interpreta o  se fagocita en sí mismo. Sólo la pasión por conseguir algo de manera extrema da pie a una exquisita obra de imaginería. La letra, si no se sabe, se inventa con la vista, con la desbocada pasión por llegar a donde es imposible. Eso genera ampollas y la Tía Sandalia quedará ahí en la historia de nuestro municipio, pero, tal vez, no ocupando su verdadero pedestal, su verdadero lugar. Las generaciones venideras tal vez hagan justicia con una manifestación que brotó de la nada, del terreno más infértil que en los tiempos se daban. Tiempos de hambre, miseria y arte no correspondido o vilipendiado, siempre dignos. Pero Teresa, afortunadamente, cuenta con una cohorte de semejantes empecinados en hacer perdurable lo imperturbable. ¡Así sea!

Ahí se termina la ruta: "Villacañas. Lugares, Museos, Historia". ¿Una ruta como otras tantas? No, imposible. Muchas dichas y desdichas condensadas en apenas kilómetro y medio lineal de pasos recorridos. Y sobre todo la mano de una urdidora maestra llamada Teresa Aparicio. Gracias Teresa por lo que a mí me corresponde, pero, sobre todo, a ti también.

Museo de la Tía Sandalia