Calle San Roque, tan amplia en su pasado como en su porvenir

Un punto de referencia con bifurcaciones sinnúmero que recibían al viajero, al hombre de paso, al peregrino invitándole a quedarse o marcharse, pues a su libre albedrío quedaba su conspicua libertad. Una arteria de luz, de esperanzas polvorientas resecas y ahítas de esta nuestra tierra solariega, un enjuto quejido del paso de los tiempos

Villacañas Digital | Villacañas 28/05/2013

Paralela a la calle Mayor, al otro lado, flaco norte del Ayuntamiento, se proyecta la calle de San Roque, historia viva de Villacañas por donde se han paseado las vicisitudes, desde antaño, que han ido escribiendo nuestra historia día a día, de jornada en jornada, de soldada en soldada. Una vía ancha, tan amplia en pasado como en su porvenir que se constituyó desde su origen en santo y seña de la idiosincrasia de los villacañeros. Un punto de referencia con bifurcaciones sinnúmero que recibían al viajero, al hombre de paso, al peregrino invitándole a quedarse o marcharse, pues a su libre albedrío quedaba su conspicua libertad. Una arteria de luz, de esperanzas polvorientas resecas y ahítas de esta nuestra tierra solariega, un enjuto quejido del paso de los tiempos.

No es menester divagar más, y bueno es que venga a este espacio lo escrito por Luis García Montes en la obra de referencia de la historia villacañera “Villacañas y su Historia”. La primera referencia escrita con carácter homogéneo en la que el ilustre villacañero se expresa del siguiente modo en sus páginas 39 y 40. Un vistazo al ayer para poder estar en paz con nuestro presente y, si perdura, con el amanecer.

“Villacañas y su Historia”, Luis García Montes

En este pueblo de Villacañas, como en general por esta zona, no existen calles anchas, ni aún las que además de ser calles son carreteras (travesías), pues hay quien dice que gracias a Obras Públicas hay en los pueblos alguna calle ancha… Pero tenemos en éste, entre alguna más, la de San Roque, una calle desmedidamente ancha y por esta razón pasamos a estudiarla.

Siguiendo esta calle, hacia arriba y cuando el poblado se acaba, vemos que se transforma por las “Cruces de Jilete”, en un camino ancho y profundo, incluso pasadas las Cuestas Blancas y en dirección a Madridejos, ya que su bifurcación en dicha cuesta hacia Tembleque y Turleque no lo sea tanto. Si, como dijo el poeta, el camino se hace al andar, luengos siglos llevará abierto dicho camino, erosionado su suelo por el hierro de las llantas y herraduras. Pues esta calle de San Roque, antes de ser tal, fue el mismo camino, igual de ancho y de hondo; y las casa fueron levantándose, erigiéndose, en sus distantes márgenes, con relleno posterior del lecho del camino, hoy calzada. Y la edificación más antigua de esta calle, aún en pie por la fortaleza pétrea de sus muros, a pesar de sus tres plantas o alturas, que es la Casa de la Tercia, está en la margen izquierda, parte adentro de las casas de Dª Amelia Alba y de las Srtas. Zaragoza (por eso en este pueblo no hay calle de la Tercia). Que esta calle fue el camino dicho nos lo abonan también los dos chaflanes, por calles salientes en diagonal, pues los chaflanes en calles nos dicen que antes fueran caminos en la mayoría de los casos. Dichos chaflanes, calles de Benito Pérez Galdós y del Pozo de la Nieve, son bifurcaciones a Lillo y al Corral de Almaguer la primera, y al Romeral por Cuatro Caminos y Canterillas de Perromalo, la segunda. Esta de San Roque recoge por arriba los caminos de los pueblos de Madridejos, Tembleque y Turleque, se bifurca en los de los chaflanes dichos y siguiendo la misma calle hacia abajo, nos lleva a las Pueblas por el actual Auditorio de la Música.
El establecimiento del poblado primitivo de esta nuestra Villa se ubicó precisamente en este nudo de caminos y en la proximidad de la fuente Victorina, explicada en el Cap. II. Su plaza era la actual del Concejo, con el Ayuntamiento en la casa de Dª Carmen Cepeda Morata; y la primera calle fue la de la Vera Cruz, donde, esquina a la de San Roque, precisamente, estuvo la primera iglesia, con  la advocación del Cristo de la Vera Cruz, de la que ya no queda ningún vestigio.

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